Omitir vínculos de exploración
Gaceta electrónica
Series
Artículos
Patentes
Libros
Tesis
La Pildorita
Entrevistas
Cápsulas de TI
Eduardo Reinoso Angulo 
 
Eduardo Reinoso Angulo 

El temblor de 1985 me cambió la vida, al menos desde el punto de vista profesional. Esa mañana me estaba levantando para ir a trabajar cuando la casa empezó a moverse de manera inimaginable, y yo sólo esperaba que se empezaran a romper los vidrios y paredes. Afortunadamente eso nunca sucedió, pero el susto y lo que vi y viví durante los siguientes días me marcó. Ya había terminado todos los créditos de la carrera de ingeniería civil en la Facultad de Ingeniería de la UNAM y sólo esperaba a hacer el servicio y la tesis. Por ello, durante las horas que siguieron al sismo participé, como muchos de nosotros, atendiendo la emergencia, pero también haciendo dictámenes de algunos edificios que mostraban daños con base en nuestra escasa experiencia. Recuerdo que creía que era imposible que hubiera sobrevivientes debajo de los escombros, pero a las pocas horas aprendí que sí podía haberlos. Pensaba que si esos edificios se hubieran caído por una guerra o por la acción de alguien se hubiera generado un odio gigantesco. Pero no, se cayeron porque el sismo fue muy intenso o porque estaban mal construidos. Me entró la ilusión juvenil (que aún conservo, pero quitémosle el juvenil) de contribuir en mi vida profesional para que eso no volviera a suceder. Ya han pasado casi 25 años desde esos días, sigo tratando, y no puedo considerar que he logrado algo significativo.

Mi papá es ingeniero civil y lo acompañé de chico en varios viajes a las obras donde él trabajaba. Fuera de esa razón no encuentro ninguna otra para haber estudiado esta carrera. Unos meses después de ocurrido el sismo y a pesar de que llevaba varios años trabajando entusiastamente en una empresa de elementos presforzados, acepté la invitación de Mario Ordaz para participar como becario en el Centro de Investigación Sísmica (CIS) de la Fundación Javier Barros Sierra, bajo la dirección del doctor Emilio Rosenblueth. La interacción con don Emilio, a quien yo tenía algo muy parecido al miedo, fue breve, fría y distante, pero también me marcó para toda la vida. Sus palabras eran siempre bien dosificadas y, fueran de aliento o correctivas, no se me olvidarán nunca. Una buena parte de mi forma de ver mi vida profesional se la debo a él. Paco Sánchez Sesma me dirigió la tesis de licenciatura, y su gusto por las matemáticas me motivó a estudiar unos años después el doctorado en métodos numéricos. Durante todos esos años trabajar con Mario Ordaz fue un deleite, y formamos las bases para lo que hoy hacemos.  

El doctor Ayala me convenció y me apoyó para hacer mi doctorado en Southhampton, Inglaterra. No tenía la maestría pero me tomaron los tres años de investigación en el CIS como equivalente. Me casé en 1991 con Rosamary y decidimos irnos a Inglaterra, a lo que fue una experiencia maravillosa. Yo quería ir a Inglaterra por dos razones: vivir en Europa y dominar el inglés. La primera la logré puesto que vivimos allí tres años, que me dieron un sentimiento de globalización que valoro mucho; la segunda no la logré tanto, ya que mis compañeros y hasta mi tutor eran portugueses y latinos, ni modo. Regresé a México al CIS un día antes del error de diciembre en 1994. Rodrigo, mi hijo, tenía cinco meses y yo el doctorado, pero los recursos en el CIS se agotaron y ya no era posible cubrir los sueldos. Estuvimos tres meses así y la verdad me cuestionaba para qué me había servido el doctorado si todos los que se habían quedado estaban mejor que yo (el tiempo me confirmaría que siempre es mejor estudiar y capacitarse, y que ese doctorado fue una magnífica decisión). Con todo y la depresión reaccionamos, nos movimos y generamos ideas y proyectos, entre ellos el hacer sistemas para que las compañías de seguros pudieran evaluar sus posibles pérdidas ante terremotos. Así surgió ERN (Evaluación de Riesgos Naturales), en medio de esta crisis, una empresa muy ligada desde sus inicios al Instituto y a las investigaciones que aquí hemos generado, la cual recogía una larga tradición de nuestros maestros de dar soluciones innovadoras. Hoy ERN es una realidad que me llena de satisfacción, ya que es posible hacer muchas cosas que desde la academia son imposibles, pero que además complementa y permite que se logren proyectos que no parecían realizables.

Como parte de aquella crisis, en septiembre de 1995 busqué la forma de ingresar al II UNAM y afortunadamente había una plaza disponible de investigador asociado C. Desde entonces me he dedicado como investigador a diversos temas: la sismología, el estudio del movimiento del suelo y algo de estructuras, como puentes y presforzadas. He ido cambiando de temas de investigación más de lo que cualquiera en su sano juicio haría, porque no es muy bueno para seguir publicando y ser referenciado, pero ha sido mucho más divertido y apasionante. Los primeros riesgos que estudiamos eran relacionados a los terremotos pero después, conscientes de la importancia que tienen para el país, abordamos los huracanes y las inundaciones aprovechando lo que habíamos hecho para terremoto y colaborando con colegas expertos en estos temas. Cada día trabajo más con colegas de otras disciplinas; escuchar e incorporar en tu trabajo los éxitos de otros que buscan el mismo objetivo es muy enriquecedor, además de que los resultados son mucho más trascendentes. No es fácil, hay que tocar puertas, ser paciente, escuchar, ceder, compartir. Junto con este trabajo multidisciplinario lo que más me ha permitido crecer en los años recientes es el trabajo en equipo; tengo un excelente grupo de colaboradores cómplices, muy profesionales, entusiastas y dedicados, con los cuáles hacemos proyectos cada vez más grandes y ambiciosos; he estado muy lejos, y cada vez lo estoy más, de trabajar solo.  

Creo que en nuestro Instituto hace falta innovar y esto es muy difícil de hacer si no se contratan jóvenes que estén preparados en otras universidades y que compitan internacionalmente. La producción académica por desgracia no es muy alta y siempre es sobre los mismos temas. Creo que el Instituto de Ingeniería corre el riesgo de vivir de sus glorias. Se necesitan jóvenes que traigan nuevas ideas y que generen el prestigio con el que el Instituto vivirá los próximos años. Muchos de los proyectos que hacemos no son realmente relevantes para el país, y bien podrían hacerse por despachos medianamente especializados, pero con empleos de calidad y pagando impuestos. En muchos casos hemos caído en la tentación de hacer proyectos sólo para hacernos de recursos y por la comodidad que representa para el patrocinador asignar el recurso directamente a la UNAM.

Mi vida familiar es muy intensa, tengo muchos tíos y primos a los que veo relativamente seguido. Mis padres están muy activos y la relación con ellos sigue siendo muy buena. De mis hermanos, el mayor, Víctor, es investigador en la UDLA, en el área de sociología; Rebeca, ha sido muy activa en Educación y ahora está en el CENEVAL, y Laura es diseñadora gráfica especializada en productos para bodas y eventos especiales. Rosamary, mi esposa, y yo hemos hecho (creo) una buena familia con tres formidables hijos: Rodrigo (16), Renata (14) y Romina (9). Todos empiezan con R y son RRR ya que la familia es Reinoso Ruiz. Compartimos el gusto de viajar (aunque alucino los viajes de trabajo) que es una de las formas en que considero mejor gastado el tiempo y el dinero: lo que ves y vives jamás se olvida.

Entre el trabajo intenso y la familia ya no queda tiempo libre, pero desde chico me ha gustado mucho tomar fotos, actividad que se puede hacer en paralelo a los viajes y reuniones. A veces creo que viajar es una excusa que me hago para tomar fotos. Desde que la foto se hizo digital se ha vuelto más fascinante no he vuelto a los rollos. He tenido un par de exposiciones en restaurantes en donde he podido compartir esto con familiares y amigos. 

También me gusta cantar. Desde hace varios años formamos un grupo, Los Espectros, con Mario Ordaz y otros ingenieros, lo que ha sido muy divertido sobre todo cuando nos han invitado (dos veces) a tocar en congresos nacionales de ingeniería. No toco nada pero rasco el güiro para no estar allí nomás parado. Desgraciadamente entre sabáticos y proyectos ya no encontramos tiempo para ello. Seguramente retomaremos este acertado camino ya que hay mucha gente nos pide que toquemos de nuevo (no sé por qué lo piden con tanta insistencia, la verdad; tal vez hacemos un ridículo divertido o supongo que, en general, da gusto ver que alguien que parece formal y rígido puede de repente mostrarse relajado y hasta divertido).

Me he dado un espacio para volver a jugar futbol. Siempre tendré la duda de hasta dónde habría llegado si hubiera continuado jugando: a los 15 años me salí de la selección de la escuela por razones evidentemente tontas lo que considero la peor decisión de mi vida. Ahora jugamos todos los martes en la noche, con personal de ERN y del Instituto. Cada partido salgo contento por no haberme lastimado y por haber hecho unos minutos de este deporte que considero casi sagrado. 

Mi comida favorita: los tacos, en cualquier modalidad, con salsas bien seleccionadas. Me gusta mucho el cine (aunque esto es irrelevante, ¿a alguien no le gusta el cine?). Continúo viendo a mis amigos de la adolescencia al menos una vez al mes y en eventos especiales. Es algo que le da un sentido más completo a la vida y que no se logra de ninguna otra manera.

El reto más grande que tengo hoy en mi vida es encontrar un equilibrio entre el tiempo dedicado al trabajo, mi familia, mis amigos y mis gustos. Es un ejercicio que hago todos los días y que a veces me desespero porque no siempre encuentro las soluciones adecuadas. Lo bueno es que aún en el peor de los casos tengo que escoger entre buenas opciones.